LA MÚSICA EN LA OBRA DE ALEJO CARPENTIER.

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Música y músicos.

Pocas veces en la historia de la literatura nos encontramos con autores tan obstinados en la descripción del sonido y la piedra. Alejo Carpentier, a través de toda su obra utilizó, cual banda sonora de un filme, la referencia musical para reforzar las imágenes creadas. En su narrativa los personajes se mueven en espacios rodeados de música y arquitectura. Nacido en La Habana el 26 de diciembre de 1904, hijo de una rusa y un francés fue el primer cubano en su genealogía, pero no el primer músico. El padre de Alejo estudió Chelo con Pablo Casals mucho antes de ser arquitecto, y la abuela, aprendió a tocar el piano con Cesar Franck. Con tales antecedentes la música se le dio a Carpentier como algo natural. 

En 1922, el periódico “La Discusión” publicó sus comentarios sobre novelas y relatos, y en 1927, mientras publicaba en la revista Social sobre Stravinsky, los ballets rusos y otros temas, sufrió los rigores de la prisión por oponerse a la dictadura de Gerardo Machado.  

En 1928 fue a Francia, y vivió en París por más de diez años, pero la revista Carteles, en La Habana, no dejó de publicarle. Fue la época en la que Carpentier coqueteó con el surrealismo; incluso, escribió relatos en francés. Sin embargo, pronto se apartó de este movimiento y en 1937, en Madrid, vio la luz su primera novela: Ecué-Yamba-O. 

Cuba, desprovista de cualquier elemento aborigen y de un pobre desarrollo en la plástica popular, pudo forjar, junto a los elementos que la hicieron surgir como Nación y que integran su Nacionalidad, una música distintiva. Es en este escenario, en el que Carpentier crea su obra literaria y en el que actúan sus personajes. 

En la novela El Acoso, la III sinfonía de Beethoven es, además de un elemento del contenido, el motivo que da unidad a todo el conjunto. Es la música la que nos lleva del taquillero al acosado. En ella, Carpentier hace que la pieza musical nos llegue en dos versiones: una, la del taquillero, quien es conocedor y estudioso de lo que escucha; y la otra, la del acosado, personaje que por obra del azar deberá, primero, esconderse en un lugar al que llegan los sonidos de la sinfonía -que por su desconocimiento él llama “eso”-, y luego, evadir a sus perseguidores entrando a la sala de conciertos donde le asalta la extraña, sorprendente e inexplicable sensación de conocer “eso” que estaban tocando.  

Paralelamente, uno y otro, va reflejando, cada cual a su manera, el ritual que constituye la audición de obras musicales. Ambos personajes encarnan la multitud de estímulos a los que se expone quien escucha. Los dos interpretan las infinitas sensaciones que puede trasmitir el Arte Musical. 

Es en la Marcha Fúnebre donde el acosado recuerda que “eso” estaba en la casa de al lado y que durante días y días, mientras permaneció escondido, sonó en sus sueños pobló sus vigilias y contempló sus terrores. Se dio cuenta que casi podía tararear la melodía y entrar en algo donde dominaba el canto de sonido ácido y luego la flauta, y después unos golpes muy fuertes, como si todo terminara para volver a empezar. Al concluir el segundo movimiento pudo recordar que a aquello le seguiría algo como una danza, luego, la música a saltos, alegre, con un final de largas trompetas como las que embocaban los ángeles de su primera comunión. 

El diletante, quien quince días antes de la audición se había regalado a sí mismo la sinfonía, en discos de mucho uso pero que todavía sonaban bien, escuchó la obra hasta la saciedad, mas, al llegar el momento del concierto decidió, apenas comenzada la obra, abandonar la sala e ir a satisfacer otros placeres. El diletante nos lee fragmentos de una Biografía en la que se describe la obra en términos especializados y finalmente, de vuelta a la sala para escuchar el Final, nos da su criterio sobre la interpretación: “El Director es infecto –dice-, llevó la sinfonía de tal modo que no debe haber durado sus cuarenta y seis minutos”. 

Los descubrimientos y el profundo trabajo investigativo que realizó Carpentier para un libro como La Música en Cuba le sirvieron para crear el ámbito sonoro e histórico de sus obras. En El Reino de este Mundo, Concierto Barroco, o La Consagración de la Primavera, obras vinculadas todas estructuralmente con formas musicales, los personajes están situados en escenarios poblados de sonidos, en un reino de mestizaje de todo tipo, en el que no sólo se mezclan los colores de la piel, sino que también, y con la misma lujuriosa intensidad, aparecen infinitos timbres, infinitas gamas tímbricas que colman todos los espacios.  

Áreas en las que el arma, la cruz, la herramienta y el canto duermen juntos y recorren todos los caminos, himnos mágicos de Makandal, la flauta traversa y el pífano de Carlos, saquebuches, cajas, el arpa de Sofía, las casas de bailes donde al compás de tambores, flautas y violines bailan las parejas en desaforo el ritmo de guaracha, La Heroica, tiendas donde se ofrecen papeles de contradanzas y sonatas, la orquesta del Tivolí bordando un trío de minué con oboe, la llegada a Santiago de Cuba del paspié y la contradanza. Todo mezclado, todo distinto y nuevo, real, maravilloso, americano. 

Santo Domingo, rev. CARIFORUM. Enero 2000 / Revisado para El Tren de Yaguaramas 24-XI-07    

21/01/2008 19:23

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